Capítulo 1 327: El encierro

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Hopper Office

Aletargadas, las horas pasan entre las cuatro paredes de la cuarentena mundial. Miles de millones de personas, ahora mismo, atrapadas en el reducto que llaman casa. Veo por el ventanal y en la calle no hay nadie. El silencio se ha apoderado de la vida allá afuera, y somos lo que somos en los interiores, en la delicada protección del hogar.

Para nosotros, afortunados en nuestra clase media, el encierro obligado nos permite seguir trabajando desde el hogar, y los niños están inundados de tareas escolares y los tenemos cerca; pero también el encierro permite la contemplación, no solo del silencio, sino de la propia vida –personal y social– que de todas formas está sufriendo reveses extraordinarios con cada día que pasa. Pero ¿qué ocurre con esa gran mayoría que vive de su trabajo día por día? Allí encierro se vuelve pesadilla y las cuatro paredes imponen hambre y miedo.

En un país frágil económicamente, no hay previsión social que cuente, ni posibilidades de real apoyo para los cuentapropistas: ¿cómo se sostendrán ellos en el encierro obligado, que quién sabe cuánto durará?

Como en todas las cosas de la vida, más aún en tiempos de crisis, el confinamiento resulta un privilegio de clases.

Durante los últimos meses, el tema del encierro ha ocupado bastantes inquietudes de mi parte. Hace poco, programé el festival de cine “La fractura del siglo”, dirigido por Sara Roitman, un evento cinematográfico que presenta películas y varias presentaciones artísticas, y que realza la importancia crítica de la memoria en relación con el tiempo presente. O sea, de lo que siempre hablamos: cómo aprender del pasado nos ayuda en el presente.

“La fractura del siglo” tiene, cada año, un tema. El año anterior fue el de migraciones. El de este año lo llamamos “encierros”. Seleccioné varias películas referentes al tema y, sobre todo, invitamos a la realizadora y docente guayaquileña Priscilla Aguirre, quien desde hace algunos años se adentró profundamente en un Centro de Rehabilitación Social de Guayaquil y trabajó, junto con varias mujeres privadas de libertad, haciendo videos y contando historias. Las historias del encierro están llenas de anhelos y expectativas; son contadas desde un punto de vista extremo. Muestran que, aún entre cuatro paredes, el alma puede vivir en libertad.

Viajé a Guayaquil hace poco, con el propósito de entrevistar a Priscilla para este programa, y saber de primera mano las hechuras de su atinado proyecto. En este programa les presentaré esa entrevista.

En este tiempo de encierro forzado, light para unos, terrible para muchos, mi hermano Juan Jaramillo –ex co-director de una temporada del famoso programa de televisión, ya extinto, “Rock”– ha creado una lista de música relativa al tema, que se va explayando, desde la cuarentena obligada, hacia pensamientos apocalípticos. He tomado algunos temas de la lista de Jaras y he añadido, en la segunda parte del programa, algunos temas musicales que a mi me parece, hablan un poco del terrible sentimiento de clausura, para ofrecer a ustedes unos momentos de entretenimiento y reflexión, entre estas cuatro paredes.

Esta es la música de este programa:

  • Whats’Good – Lou Reed
  • Army of Me – Björk
  • Time to Get Ill – The Beastie Boys
  • The Earth Died Screaming – Tom Waits
  • Dance Me To The End Of Love – Leonard Cohen
  • Almost Like The Blues – Leonard Cohen
  • Road to Nowhere – David Byrne
  • Between Two Lungs – Florence and The Machine
  • Bad Bad News – Leon Bridges
  • The Show Must Go On, Leo Sayer
  • Isolation – John Lennon
  • Behind That Locked Door – George Harrison
  • Sting – The Soul Cages
  • Gil Scott-Heron – The Prisoner
  • Hurricane  – Bob Dylan
  • The World is Going Up in Flames –  Charles Bradley (featuring the Menahan Street Band)
  • Paciência – Lenine

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Este programa fue producido del 20 al 23 de marzo de 2020; publicado el 24 de marzo del mismo año. Gracias a Priscilla Aguirre, Juan Fernando Jaramillo AKA “Jaras”; al patrocinador del programa, Leo Salas. Imagen de portada “Office in a Small City“, Edward Hopper, 1952, óleo sobre lienzo (71.1 x 101.6 cm).