Texto: PISS ON PITY: De cómo David Hevey propone un antídoto para dejar de odiar y dejar de tener lástima

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Hace unos meses pude ver algunos trabajos del artista y cineasta David Hevey. Gran cosa la que me pasó. Descubrí un autor que ha historizado y ensayado profusamente en contra del estereotipo de que los discapacitados son un grupo que necesita la lástima y la caridad de los demás. Karina Marín y Paulina León me pidieron que ensaye un texto sobre Hevey, que apareció en el bello catálogo de la muestra “Cuerpos que (se) miran” que ocurrió en Cuenca y, antes, en Quito. 

Les pido que vean los trabajos de Hevey, aquí: 

http://davidhevey.com/viewing/

Y este es el texto que escribí sobre David Hevey.

 

Dos son los sentimientos humanos que me perturban: el odio y la lástima. El odio, porque nos deshumaniza. La ley del ojo por ojo termina por dejar a todos ciegos. La lástima, porque pone a alguien siempre en una situación de superioridad frente a otro. De ese al que se le tiene lástima. La balanza que eleva al uno sobre el otro termina por hundir a todos.

Hace exactamente un año, en agosto de 2017, las imágenes que provenían de los Estados Unidos eran vergonzosas: cientos –o miles– de hombres jóvenes blancos se ponían cascos, construían escudos, tomaban antorchas e iban por la calle gritando consignas fascistas. El odio se dirigía hacia cualquiera que no sea como ellos: negros o latinos, mujeres u homosexuales, izquierdistas o demócratas. Los “White Supremacists” o los que propugnan la “supremacía blanca” están allí, campantes: racistas y machistas. Y están dispuestos a hacer lo imposible para que sus ideas prevalezcan. En una población del estado de Virginia, estas personas captaron la opinión de todo el mundo y la vergüenza de la raza humana. Varios de ellos atropellaron con sus vehículos a los contra-manifestantes que se les oponían, en plena ciudad. Mataron a algunos. Ellos dicen querer “recuperar” su país para que solo los hombres blancos tengan derechos. Actúan para expulsar de sus vidas a lo diferente. Algunos se denominan ‘neo-nazis’. Otros buscan nuevas formas de lo mismo: denigrar, agredir, insultar, vejar a los demás. Ellos no solo están confundidos. Están enfermos. El odio corroe su alma.

Más cerca de casa, más bien dicho, en este breve espacio entre Colombia y Perú, el grito de odio –el grito de guerra– dice: “con mis hijos no te metas”. Es la amenaza de una agrupación ultra-conservadora que te regala antipáticos globitos en el ciclopaseo, que postea en las redes sociales consignas anti-gai, anti-lesbiana y anti-transgénero. Ellos, con su límpida vestimenta blanca –a mí me recuerdan al KKK– cuestionan las ideologías de género, y se oponen al reconocimiento de la ley a las diferentes orientaciones sexuales. Ellos defienden la familia nuclear. Para ellos la única familia posible es el trinomio heterosexual padre – madre – hijos. Ellos replican las declaraciones de los execrables obispos de la patria. Uno de ellos, nada menos que el Arzobispo Ruiz Navas, hace poco escribió que “los ciudadanos homosexuales deben ser respetados y protegidos, en cuanto son personas humanas. Este respeto no implica aceptar su estilo de vida, más en concreto, no implica aceptar la unión de dos gais, de dos lesbianas como matrimonio”. ¿Le importa, a Ruíz Navas, o a aquellos que gritan “con mis hijos no te metas”, la vida y la lucha para vivir con algo de normalidad, de centenares de miles de gais, lesbianas, trans, bisexuales, etcétera, marginados de por vida, estigmatizados y maltratados por todos? Por lo que expresan en sus manifiestos, nada, porque los otros son –ya nos hizo entender Ruiz Navas– ciudadanos a los que no se debe aceptar. ¿Les importa acaso la madre soltera, el padre que vive con su hijo, los abuelos que viven con sus nietos, la persona sola que decidió que su familia es ella misma, o sea, cualquiera que no adopte el supuesto ideal de la familia nuclear? ¿Les importa el derecho de las personas a escoger cómo vivir? Aquí hay mucho odio. Y mucha pena les da –tanta caridad existe todavía– cualquiera que sea diferente a ellos. Quieren que aquí se siga ultrajando a todo el que no es hombre blanco. Quieren que se siga pegando a las mujeres, que se siga asesinando por el único hecho de ser mujer, se siga haciendo el mal chiste machista. Odio y pena se cruzan, se encuentran y se dan un abrazo putrefacto.

Odio y lástima: la narrativa tradicional cuenta que al ciego, al sordo, al mudo, al cojo o al desfigurado hay que tenerle pena. Hay que hacer caridad: como la sórdida obra teatral “Sueños” que año a año hace añicos la dignidad de actores con síndrome de Down y espectadores con sentimiento de culpa. Hay que tener pena. Hay que sentirse mal, no mirar a los ojos, dar la vuelta a la cara. Hay que rogar cada día al todopoderoso para que estas “criaturas” estén lejos de nosotros. Nosotros y ellos. Nosotros tan normales y tan capaces. Ellos tan inútiles y tan “especiales”. Nosotros y ellos. Lástima y odio.

De estas aterradoras cosas me puse a pensar luego de ver algunas obras del realizador británico David Hevey. Él ha historizado y ensayado profusamente en contra del estereotipo de que los discapacitados son un grupo que necesita la lástima y la caridad de los demás. (Su trilogía The Disabled Century es un recuento brutal de la marginación y violencia a la que los discapacitados han tenido que resistir durante el siglo XX). Ha dicho, en el discurso de sus películas, que, al contrario, normalmente son los que están en los márgenes de la sociedad aquellos que agencian el cambio social. La perspectiva desde donde Hevey despliega sus representaciones de la discapacidad son siempre auténticas, dignificantes, desprovistas de pena. Llenas de amor, que es, lo sabemos, el contrario del odio. “Piss on Pity” (Méate en la lástima) es su slogan.

Miren, por ejemplo, “Behind the Shadow of Merrick”: allí Hevey cuenta la historia del más famoso de los internos del Royal London Hospital, Joseph Merrick, más conocido como el “hombre elefante”: un hombre famoso por sus deformaciones físicas, que terminó sus días como un freak de circo –aunque, según muchos de los que lo conocían, poseía una inteligencia superior al promedio. Hevey hace una historiografía de las representaciones tradicionales de la discapacidad. Se repiten en su denuncia las palabras “desfiguramiento”, “deformidad”, “asquerosidad”, “elemento para el espectáculo”, “horribles criaturas”, “impedimento”, dichas en las bocas de cualquier persona, de todas las personas. Y sin embargo, luego de la denuncia, hay siempre una intensión, en Hevey, de implorar por la necesidad de que la gente vea a los demás de la forma en que se ve a sí misma. Medir al otro con la misma vara con la que me mido yo.

Cuando me di cuenta de lo que dice Hevey, algo en mí hizo “click”. La idea es simple, es antigua, es común, es obvia. Y sin embargo es tan revolucionaria. Mira a los demás como te ves a ti mismo. (No como “quieres que te vean”). He ahí una estrategia. He ahí un antídoto en contra de la epidemia del odio, la lástima y también el miedo; una opción apta para ser practicada dentro de cada uno, para terminar con nuestra propia ceguera y nuestros propios prejuicios. Vean las películas de David Hevey, o el resto de las obras de “Cuerpos que (se) miran”. Quizás sea un buen comienzo.

(c) 2018